Tribuna sobre las fiestas de Torrelavega de José Pozueta
En el mundo empresarial, generalmente siempre un paso por delante del ámbito público, hay una técnica que cada día cobra un mayor protagonismo: hablo del benchmarking competitivo. Este anglicanismo consiste en comparar el rendimiento de un sistema con el del máximo competidor, con dos objetivos principales: lograr una posición más competitiva y maximizar el rendimiento con un presupuesto dado.
Si el Ayuntamiento de Torrelavega, mi ayuntamiento, se nutriera de las cualidades de este sistema, al igual que lo hacen empresas de la talla del banco Santander, Inditex, Sony o Procter&Gamble, es seguro que enriquecería enormemente nuestras fiestas. Porque si estas empresas, auténticos monstruos de la competitividad, creen que pueden mejorar al compararse con sus rivales más directos, cómo no lo va a hacer el Ayuntamiento de Torrelavega. Y resulta evidente que nuestro principal competidor e incluso, siguiendo con la analogía del sector privado, el líder de nuestro sector, es el Ayuntamiento de Santander.
He de reconocer que tengo el corazón partido. Por una parte, las fiestas de la capital de los últimos años han herido mi orgullo de torrelaveguense. Pero por otra parte, esas fiestas no sólo las han disfrutado los santanderinos, sino que las hemos disfrutado todos los cántabros. Reconozco que esperé el tiempo que hizo falta para aparcar; que comí y cené más de una y más de dos veces en las casetas repartidas por la ciudad; que disfruté en varios de los conciertos de la campa de la Magdalena: En fin, reconozco que he disfrutado de las fiestas de Santander y que en mi cabeza siempre estuvo rondando el siguiente pensamiento: ¿Y por qué en Torrelavega no podemos tener unas fiestas así?
No logro entender por qué no se pueden instalar casetas en las plazas de mi ciudad. Si yo sólo encuentro ventajas! Ganancia para nuestros hosteleros, animación por nuestras calles, disfrute de todos nosotros y, por qué no, disfrute de todos aquellos que nos visiten.
No logro entender por qué no se permite la celebración de la Feria del Hojaldre en nuestra Plaza Mayor. La excusa del mercadillo ecológico el sábado por la mañana ni me sirven ni me convence: los vendedores pueden situarse en los portalones, exactamente igual que los días que llueve. Tal vez fueran motivos políticos los que llevaron a nuestra Alcaldesa a tomar esa decisión.
No logro entender por qué todas las actividades están concentradas en el Bulevar y en el Zapatón. ¿Qué ocurre, por ejemplo, con los hosteleros y comerciantes de los pueblos de nuestro municipio? ¿Y con aquellos de la calle Lasaga Larreta o de la plaza de La Llama? Tal vez ellos no tengan tanto derecho de beneficiarse de sus fiestas, las fiestas de su pueblo. Pero que no se confunda el lector, tampoco se beneficiarán los hosteleros de El Bulevar. Se les permite instalar una barra durante las fiestas pero, eso sí, tienen que desmotarla los días que se celebre algún evento. Por lo tanto, además de pagar una liquidación especial por instalar la barra, y además de pagar durante todo el año por tener una terraza, los días que más pueden lucrarse tienen que quitarlo todo. Otra consecuencia es que si hay que poner y quitar la barra de todos los días, está terminará estando formada por dos palos mal puestos. Como una barra de fiestas de bar de pueblo. Lo que somos, un pueblo.
No logro entender por qué no se celebran las Noches del Auditórium; por qué la Gala Floral funciona exactamente igual que hace quince años; por qué no se fomenta la participación ciudadana, la colaboración de los más jóvenes en la programación, la innovación, las ideas, las propuestas; por qué no hay ni una sola actividad novedosa en los escasísimos programas de fiestas que se han repartido.
No logro entender nada de lo expuesto, pero son mis fiestas, las fiestas de mi pueblo. Sólo espero que algún día se conviertan en mis fiestas, las fiestas de mi ciudad.