Rafa de la Sierra

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La parábola de Jandrito

Cuando José Alejandro Carrera López, Jandrito, fichó por aquel equipo de fútbol de élite de la Liga española, se deshizo en elogios del Presidente del Club y del nuevo Entrenador, auténtico responsable de su fichaje. Es más, frente a algunas críticas de sectores tradicionales (¡los de siempre!) que desconfiaban de los modos y maneras del técnico recién llegado, Jandrito defendió con entusiasmo el derecho del Presidente a orientar el futuro del club y a escoger quién se encargaría de liderarlo, y el del Entrenador a formar, con libertad, su propio equipo y a imponer, con autoridad, su forma de juego.

Sin embargo, los resultados de la temporada con el nuevo equipo (Jandrito incluido), el nuevo entrenador en el banquillo y un rompedor estilo de juego presionante y agresivo, aunque no se puede decir que fueran decepcionantes, sí es  cierto que no respondieron a las expectativas porque, a pesar de la fortísima inversión realizada, lo cierto es que el equipo continuó, más o menos, en la línea habitual de los últimos años, es decir, en la zona cómoda de la clasificación pero fuera de la champions.

Y hubo cambios. El Presidente del Club contrató un nuevo entrenador que respondía a otro estilo de juego y que, al igual que el anterior, fue formando su propio equipo. Y, frente al agresivo sistema de presión en todo el campo característico de la temporada anterior, optó por el denominado jogo bonito o, en versión castiza, el tiqui-taca. Y ahí Jandrito comenzó a encontrarse incómodo, bajó su nivel de juego y dejó de tener, casi desde el inicio de la temporada, la confianza del entrenador. Y, prescindiendo de algunas intervenciones en los medios deportivos habituales, lo cierto es que su juego y su aportación al equipo pasaron casi totalmente desapercibidos durante toda la temporada.

Llegó el período de fichajes y, como era de esperar, Jandrito comenzó a buscarse acomodo en otro equipo, lo que hasta cierto punto era plenamente aceptado por todo el mundo, Presidente, Entrenador y público incluidos. Sin embargo, llegó la sorpresa: Jandrito no justificó su marcha en su incapacidad de adaptarse a otro estilo de juego, o en discrepancias con el entrenador o, simplemente, en su legítimo derecho a desarrollar su juego en otro equipo más acorde con sus condiciones y características. No. Jandrito, en su despedida, puso verde al Presidente (¿Quién es él para orientar el Club o para fichar entrenadores?) y especialmente al Entrenador (¿Quién le ha autorizado para imponer un estilo de juego? ¿A qué fin decide las alineaciones? ¿Dónde está el consenso?) e incluso con el público, a quien le reprocha que no sabe de fútbol y que son una manada de borregos. Y así, aquel Presidente que era maravilloso cuando contrataba entrenadores que fichaban a Jandrito, ha resultado un calzonazos que no sabe de fútbol; el entrenador que le sacaba a jugar a dedo era un genio, frente al que no le pone que es un déspota antidemocrático; y el  público sabio y entendido cuando le aplaudía ha resultado ser zafio y aborregado cuando le silba.

El fútbol tiene estas cosas que, afortunadamente, no se dan en la realidad social y política de nuestro día a día. Nadie se comporta así. Como todo el mundo sabe, en la vida real somos más coherentes y, cuando optamos por un sistema de elección o de participación, lo defendemos si nos favorece, pero también si nos perjudica; si estamos en un equipo, colaboramos al éxito común sometiendo nuestros intereses personales a los colectivos; nos sentimos orgullosos de los éxitos del grupo, tanto si figuramos a la cabeza como si estamos a la cola del mismo; y, por supuesto, siempre acatamos la decisión de la mayoría, coincida o no con nuestra opinión sobre el asunto. Y si fracasamos, buscamos las razones del fracaso, en primer lugar, en nosotros mismos, para poder evitarlo en el futuro; pero no caemos en la fácil tentación de sustituir las razones por las excusas. Como todo el mundo sabe, el egocentrismo, la insolidaridad, el rencor, el arribismo, la autojustificación sólo se dan en el fútbol y en las novelas, pero no en la vida real.

Por tanto, si alguien recela que traer hoy aquí la historia de Jandrito tiene algo que ver con alguna de las noticias que estos días nos han llegado, en el ámbito social, político o incluso deportivo, sepa que esta historia que hoy les cuento es pura ficción, un invento personal, y que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Pero si, a pesar de ello, algún lector avispado logra extraer alguna moraleja de la fábula, habré dado por bien empleado el tiempo dedicado a recordar la bella, triste, melancólica y auténtica historia de aquel malogrado jugador de fútbol.

Rafael de la Sierra

Portavoz del Grupo Parlamentario Regionalista

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