Rafa de la Sierra

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El mito del tsunami bondadoso

En 2011, con ocasión de las elecciones que regularmente se celebran el cuarto domingo de mayo, llegó a todas las costas de España un tsunami, que se reprodujo en noviembre, y que arrasó todos los gobiernos constituidos, incluido el que presidía el inquilino de la Moncloa: “zapatero a tus zapatos”, fue la frase más repetida en aquella campaña.

Y una inmensa ola azul lo invadió todo, pero nadie se inquietó. Según los expertos interesados que informan de estas cosas, se trataba de una ola provechosa, un tsunami bondadoso que se había generado cerca de su punto de destino, por la incompetencia de los gobernantes que cesaban en su cargo; pero que estaba preñado de posibilidades, abundaba en peces de todas clases que traerían la abundancia y la riqueza y venía acompañado de simpáticas gaviotas que se encargarían de reparar todos los daños. En cien días, para ser más exactos.

Pero, una vez que la ola lo invadió todo, hubo que hacer análisis de las causas y las consecuencias. Y se demostró lo que cabía esperar, es decir, que tras la avalancha del agua lo que quedan son destrozos y que el tsunami, como ocurre siempre en estos casos, se había generado miles de millas mar adentro, (el epicentro estaba en las islas Lehman Brothers y Goldman Sachs), por lo que el remedio autóctono aplicado resultaba como poco insuficiente, cuando no perjudicial. La avalancha de agua no sólo no había curado todos los males, sino que había generado nuevos daños generalizados que, por cierto, se prolongaban mucho más allá de los cien días previstos por los expertos y, lógicamente, que se agravaban con la resaca.

Es cierto que ya cuando llegó la ola las playas no estaban muy limpias y que tampoco los ciudadanos disponían de un envidiable nivel de vida, pero el agua, como es normal, y como era previsible salvo para los expertos, lo puso mucho peor. Y, por supuesto, las gaviotas se comieron los pocos peces que llegaron a la playa.

Ahora, al cabo de cuatro años, es cuando nos damos verdadera cuenta de la catástrofe que se nos echó encima; ahora, cuando hacemos recuento de los daños y perjuicios recibidos.

Los lugareños teníamos escasez de trabajo y muchos de ellos ya estaban directamente en el paro; ahora, tras el tsunami, a pesar de que los más preparados se han tenido que ir al interior de la isla a buscarse la vida, hay aquí menos trabajo y los que trabajan cobran menos, tienen menos derechos y les despiden con cuatro perras.

Antes todas las personas en paro recibían una cantidad hasta que encontraran trabajo; ahora más de la mitad de los parados no cobran absolutamente nada. Antes todos tenían garantizada una sanidad gratuita, y ahora “copaga” prácticamente todo el mundo, incluidos los jubilados y los incapacitados. Antes, todo el que no tenía recursos recibía una pequeña renta de subsistencia; ahora, para cobrarla, en muchos casos hay casi que estudiar y desarrollar logaritmos. Antes había miles de pobres; ahora hay decenas de miles.

Antes había una pequeña Universidad con prestigio, bien dotada, en la que se formaban las gentes del lugar y en la que trabajaban e investigaban decenas, cientos de científicos que aportaban riqueza a la sociedad y a la actividad económica. Hoy se encuentra en dificultades de desarrollar su labor y ha tenido que ver cómo muchos de los más capacitados se marchan de aquí.

Antes había programas y planes para fomentar la actividad de los negocios y las industrias del lugar; ahora todo se acabó, gran parte de las industrias más significativas se marchan o desaparecen, y los que quieren emprender un negocio o una actividad emprenden generalmente la huida.

Y así sucesivamente.

Durante estos cuatro años se nos ha dicho, y se nos sigue diciendo, que es que la cosa ya estaba muy mal antes del tsunami y que todos los daños constatables son consecuencia de la desidia de los viejos gobernantes, no del agua. Pero nadie se lo cree, porque los daños de la tromba son tan evidentes que decir lo contrario llevaría a risa, si no fuera tan triste y tan lamentable.

Ahora se anuncian otras olas inmensas que, como en 2011, vienen definidas por los expertos como tsunamis bondadosos y beneficiosos. Pero el tsunami siempre arrasa, nunca construye, que nadie se llame a engaño. El lugar en el que vivimos podrá parecernos insuficiente e incluso lamentable, pero arrasarlo no es solución para nada; destruirlo es asumir la miseria directamente. Y, aunque las gaviotas parece que ahora no aparecen mucho por el horizonte, se atisban otros pájaros que serán, la historia nos lo dice, como los zopilotes al final de la batalla.

Un tsunami ni fue ni será la solución. Eso yo creo que ya lo sabe todo el mundo.

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